Y después de quejarme y quejarme por no tener trabajo qué hacer, por fin llegó mi promoción y para mi suerte, no sólo fue cambio de puesto sino que fue cambio de área y por tanto de jefe… soy TAN feliz.
Pero esa felicidad está hecha un licuado intestinal, porque me siento feliz, nerviosa, intrigada, emocionada, satisfecha con el tiempo, y demás y demás y etecé, etecé, y bla, bla, bla.
Es un puesto para apoyo en un proyecto y aunque llegué ahí por mis conocimientos previos, esto será totalmente nuevo para mí además de ser un verdadero reto, porque requieren de mucha capacidad de todos los ahí implicados. Es algo en lo que debo aprender rápido, sacar energía de donde se pueda, velocidad y mucha calidad para la planeación y los procesos… sí, debo admitir que estoy nerviosa pero también se que tengo la capacidad suficiente, no tengo miedo de fracasar en este proyecto y se que lo mejor de todo será todo lo que voy a aprender.
Y antes de portarme como gente seria y para empezar a relajarme antes de que me gane el estrés por la presión, las carreras y demás, nos enviaron regalos por parte del médico que tenemos en la empresa, portarretratos, calendarios (a mitad de año que no mamen), toallas pal sudor con LA calor, bellos y modernos cilindros para hidratarte en todo momento, y demás accesorios motivadores –pero inútiles-, todos bellos ellos, pero no, yo no quise nada de eso, yo escogí una bella, pachoncita, y amarilla pelota anti estrés con un reluciente color amarillo y una carita feliz:
Yo se que cada que la necesite, ella me hará igual de feliz y fresca, como bañarme con lechugas.
